Durante años hemos entrenado el core casi siempre de la misma manera: tumbados en una esterilla, haciendo abdominales o intentando aguantar inmóviles en una plancha. Son ejercicios útiles, pero cuentan solo una parte de la historia. En la vida y en el deporte, el tronco no trabaja aislado ni permanece quieto: transmite fuerza, frena movimientos, estabiliza el cuerpo y conecta lo que hacen las piernas con lo que hacen los brazos.
Por eso la clubbell —una maza de acero con el peso concentrado lejos de la mano— resulta tan interesante. A primera vista parece una herramienta rudimentaria. Cuando empiezas a moverla, descubres que exige coordinación, agarre, movilidad de hombros y una participación constante del core.
No viene a sustituir a las pesas, las kettlebells ni los ejercicios básicos. Su valor está en aportar algo diferente: palanca, movimiento circular y control de fuerzas que cambian de dirección.
Una herramienta moderna con siglos de historia
La clubbell actual es de acero y tiene un diseño más uniforme, pero la idea de entrenar con mazas es muy antigua. En las zurkhaneh persas —las tradicionales “casas de fuerza”— se utilizaban grandes mazas de madera llamadas meels. En India, la gada y los jori formaron parte durante siglos de la preparación de luchadores.

Con la expansión británica en India, una versión más ligera llegó a Europa y se popularizó como Indian clubs. El balanceo de mazas incluso apareció como disciplina gimnástica en los Juegos Olímpicos de 1904 y 1932. Es decir, el objeto parece nuevo porque ha regresado a los gimnasios modernos, no porque acabemos de inventarlo.
¿Qué tiene de especial una clubbell?
En una mancuerna, el peso está relativamente cerca de la mano. En una clubbell, gran parte de la masa se encuentra al final de un mango largo. Esa distancia crea una palanca: cuanto más lejos está el peso del punto de agarre, mayor es el momento de fuerza que debemos controlar.
La comparación más sencilla es un martillo. Sujetarlo junto a la cabeza resulta fácil; agarrarlo por el extremo del mango cambia por completo la sensación, aunque el martillo pese exactamente lo mismo. Con la clubbell ocurre algo parecido.
La clubbell no pesa solo lo que marca la báscula. Pesa también lo que multiplica la palanca.
Además, muchos de sus ejercicios siguen trayectorias circulares. La carga acelera, pasa alrededor del cuerpo y debe frenarse o redirigirse. El esfuerzo no llega siempre desde el mismo lugar: cambia continuamente, y el cuerpo tiene que anticiparse.
El core no solo sirve para quedarse quieto
Cuando la maza se desplaza hacia un lado, la inercia intenta arrastrarnos con ella. Abdominales, oblicuos, musculatura profunda de la espalda y glúteos colaboran para mantener el tronco organizado. A veces producen movimiento; muchas otras evitan que aparezca una rotación o una inclinación que no queremos.
Este trabajo de antirrotación, aceleración y frenado es una de las señas de identidad de la clubbell. No significa que una maza sea “mejor” que una plancha. Significa que plantea otro problema: mantener el control mientras la carga se mueve y cambia de dirección.
Eso tiene sentido en acciones cotidianas y deportivas. Lanzar, golpear, correr, transportar una bolsa o levantar un objeto incómodo exige que la fuerza atraviese el tronco sin que la postura se desmorone.
Qué dice la evidencia
La investigación específica sobre mazas todavía es pequeña, así que conviene evitar promesas grandilocuentes. Aun así, ya existen resultados interesantes.
Un ensayo controlado con 27 luchadores de élite estudió un programa de entrenamiento con maza durante doce semanas, tres días por semana. El grupo que la utilizó mejoró la fuerza de agarre, la flexibilidad del hombro, la estabilidad de la extremidad superior y la resistencia en flexiones. No se observaron diferencias en todas las variables, algo que también ayuda a poner el método en su sitio: útil, sí; milagroso, no.
Otro estudio con lanzadores rápidos de críquet incorporó ejercicios con Indian clubbells durante seis semanas. Los autores encontraron mejoras en fuerza de los rotadores internos y en determinados rangos de movilidad del hombro.
Son muestras pequeñas y poblaciones muy concretas. No bastan para afirmar que todo el mundo obtendrá el mismo resultado, pero respaldan algo razonable: los movimientos con maza pueden ser una herramienta eficaz para trabajar agarre, hombro y control de la parte superior del cuerpo.
Hombros, agarre y coordinación
Los movimientos circulares bien ejecutados permiten que el hombro recorra ángulos que no solemos explorar con una máquina guiada. El objetivo no es forzar la articulación, sino aprender a colocar escápula, brazo y tronco mientras la carga pasa de un lado a otro.
El agarre también trabaja de forma particular. La maza quiere inclinarse y girar dentro de las manos; los dedos, las muñecas y los antebrazos tienen que corregir constantemente. A esto se suma la coordinación: no basta con producir fuerza, hay que aplicarla en el momento adecuado para que la trayectoria sea fluida.
Cómo empezar sin convertir la maza en un proyectil

La primera decisión importante es escoger poco peso. La palanca hace que una clubbell aparentemente ligera pueda sentirse exigente. Para muchas personas activas, una maza de 4 a 6 kilos manejada con las dos manos ofrece margen suficiente para aprender; quien parte de cero puede necesitar todavía menos.
Empezaría con un péndulo frontal sencillo: sujetar la maza con ambas manos, dejar que oscile de forma controlada y aprender a frenar el recorrido sin encoger los hombros ni arquear la zona lumbar. Después pueden introducirse círculos interiores y exteriores. Movimientos como el shield cast —llevar la maza alrededor de la cabeza— deberían llegar cuando el control básico ya sea sólido.
Dos sesiones semanales de diez o quince minutos son más que suficientes al principio. Series cortas, cinco u ocho repeticiones limpias por lado, descansos amplios y atención a la trayectoria. Aquí acumular repeticiones cansadas suele enseñar justo lo que no interesa.
La primera progresión no es añadir kilos: es conseguir que la trayectoria se repita.
Clubbell y kettlebell: primas, no gemelas
Las dos desplazan el centro de masas fuera de la mano y permiten entrenar con libertad, pero su comportamiento es distinto. La kettlebell es compacta y resulta magnífica para bisagras de cadera, sentadillas, presses, remos y transportes. La clubbell alarga mucho más la palanca y concede mayor protagonismo a las trayectorias circulares, el agarre y la desaceleración.
No hay necesidad de elegir una sola. Si quieres conocer mejor la otra herramienta, en HUALV tienes esta guía sobre entrenamiento con kettlebell. Una puede cubrir el trabajo general de fuerza y potencia; la otra añadir variedad, rotación y control en planos menos habituales.
Dónde encaja en un entrenamiento normal
No hace falta construir una sesión entera alrededor de la clubbell. Puede utilizarse al inicio, con poca carga, como trabajo de movilidad y coordinación; entre bloques de fuerza, como práctica técnica; o al final, en un circuito breve de acondicionamiento.
Tampoco sustituye lo esencial. Seguiría dando prioridad a patrones básicos: sentarse y levantarse, empujar, tirar, levantar, transportar, correr o caminar. La maza completa ese vocabulario con movimientos circulares y una carga que obliga a organizar el cuerpo de otra manera.
Su interés aumenta cuando buscamos un cuerpo capaz de adaptarse a tareas variadas, no solo de mover una barra por una trayectoria conocida. En ese sentido encaja muy bien con la filosofía del entrenamiento híbrido: fuerza, resistencia, movilidad y coordinación al servicio de una capacidad física más amplia.
Una herramienta extraña que obliga a prestar atención
Eso es, probablemente, lo que más me gusta de la clubbell. No permite desconectar y repetir por repetir. Si pierdes el ritmo, aprietas demasiado tarde o dejas de estabilizar el tronco, la propia trayectoria te lo hace notar.
No necesito que todos mis ejercicios se parezcan a la vida real. Pero sí me interesa que mi cuerpo sepa producir fuerza, frenarla y dirigirla. Que pueda trabajar con cargas cómodas y también con objetos menos previsibles.
La clubbell no es imprescindible y tampoco es una solución mágica. Es una herramienta sencilla con una historia larga y una mecánica muy particular. Bien utilizada, puede enseñarnos a mover el cuerpo como una unidad: agarrar, estabilizar, girar, frenar y volver a empezar.
Si estás valorando incorporar una, he reunido el material seleccionado en Recomendados HUALV.
Referencias
- Şahin, O. y colaboradores. The effect of mace training on strength, flexibility, and stability in elite wrestlers: a randomized controlled trial.
- Olivier, B. y colaboradores. The effectiveness of Indian clubbell exercises in male cricket fast bowlers.
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